No sabía que se estaba enamorando. La miraba. Todo en ella le encantaba. Su cara, su mirada, sus gestos, su voz, forma de andar... La devoraba con la mirada y deseaba estar más cerca de ella, siempre con ella. Se detuvieron en la penumbra, al lado de un muro, contra el que ella se dejó caer, suavemente. Él ya no oía, ni pensaba, sólo se dejó llevar. Se balanceó adelante para besarla y ella se retiró. Entonces se dio cuenta de lo que acababa de intentar. Le pidió perdón y miró con intensidad sus ojos y sus labios, tratando de entender qué pensaba ella. Una sonrisa le produjo alivio, y luego ella buscó sus labios. Se besaron y se paró el tiempo. Cuando abrió los ojos, despertó.
Despertó feliz. No buscaba explicación a su felicidad, sólo dejó que esa maravillosa sensación le llenase. Había sido un sueño muy intenso, muy real, recordaba cada momento, su cara, sus ojos, sus labios, su olor, su pelo... Quería volver a soñarla. Había oído que si pensabas en algo cuando te ibas a dormir podrías soñar con ello. Y esa misma noche, desde que se metió en la cama no paró de pensar en ella, y se durmió.
Volvía a estar con ella, y entonces desaparecía todo: las preocupaciones, los miedos, las cosas sin hacer, la responsabilidad, y sentía calor en su corazón. Tocar sus manos era suficiente. Sentir el olor de su cuello cuando lo besaba era embriagador. Y fundiéndose con ella en un abrazo, despertó.
Aprendió a soñar con ella todas las noches. Deseaba que terminase el día para volver a estar con ella. Se escapaba después de comer para volver a verla en una breve siesta. Prefería la noche al día porque la echaba de menos, mucho. Nunca había sentido un amor tan intenso, tan pleno. Ansiaba estar con ella cada vez más.
Por fin era de noche otra vez, y en su cama, cerró los ojos. Allí estaba ella, como cada noche, esperándole con una agradable sonrisa y con sus ojos infinitos. Se fundieron en un abrazo y se llenó de felicidad, una vez más. Se cogieron de la mano y caminaron juntos calle abajo. Al final, una luz cálida, intensa, les esperaba. ¿Cómo se podía sentir tanta felicidad y tanto amor? Llegaron a la luz y todo se fundió en calor y blanco, se abrazaron de nuevo, y se fundieron el uno en el otro, para siempre.
Al lado, en la mesilla de noche, un vaso de agua y demasiadas pastillas fueron testigos y cómplices de una hermosa historia de amor.
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